11 de abril de 2013

Tercera pregunta del Trivia

A ver si adivináis de qué cuento o autor son estos fragmentos:


Dicho aquello, los seguimos al apartamento. Entramos directamente al salón, desde el que se accedía a los dormitorios de las dos mujeres y al baño de la vivienda; una cortinilla, situada en una de las esquinas del cuarto, ocultaba la diminuta cocina. Después de dirigir una mirada nerviosa a una de las puertas, tras la que no me fue difícil deducir que se ocultaba el cuerpo de la difunta, pese a que no hubiese precinto alguno del equipo de investigación, la muchacha se dirigió a su propia habitación, dejándonos el camino despejado para investigar el lugar de los hechos.

Como el salón no ofrecía, a priori, nada interesante, comenzamos nuestras pesquisas en el escenario del crimen propiamente dicho. Debo confesar que lo que allí vi, cerca estuvo de hacerme gritar a mí también. Fui soldado, asistí a la muerte de toda mi unidad y viví el horror de quedar bañado en las entrañas de mi mejor amigo y, oyendo los comentarios del investigador, me había preparado para ver un baño de sangre y vísceras. Pero en aquel crimen no había sangre. Ojalá la hubiera habido. La víctima estaba tumbada bocabajo en la cama y, para más ignominia, sus brazos estaban estirados y sujetos por unas recias esposas al cabecero. Allí donde tendrían que haberse unido sus nalgas se abría un grotesco boquete y su boca era una tenebrosa cueva. Si alguien hubiese tenido el mal gusto de iluminar una de las entradas con una linterna, la luz habría salido por el otro lado. Cuando nos acercamos, pudimos ver la razón de la ausencia de sangre: el cuerpo y las entrañas de aquella pobre mujer estaban fundidos. Su rostro, que ya antes no había sido bello, deformado como estaba por la cicatriz que debía haberle valido su sobrenombre, se crispaba en una mueca de sufrimiento.